notas

La edición cubana de la Autobiografía de Juan Francisco Manzano, publicada por Ediciones Matanzas en 2015, cuenta con más de 300 notas explicativas, escritas por el organizador Alex Castro.

Abajo, una selección:

(Las fuentes, referencias bibliográficas e citas están disponibles en el libro.)

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Vida de Juan Francisco Manzano

Manzano escribió la autobiografía en 1835, obtuvo su libertad en 1836, publicó su obra de teatro Zafira en 1842, y continuó escribiendo poemas hasta 1843, un año antes de ser arrestado durante la represión a la Conspiración de la Escalera.

Después, de hecho, pasó sus últimos años en silencio: dejó de ser útil a la sacarocracia y ella a él.

La represión no mató al hombre pero silenció al poeta: Manzano se dio cuenta de que la relevancia literaria era peligrosa —el otro poeta afrocubano conocido, Plácido, fue fusilado— y no escribió más.

Los sacarócratas del grupo delmontino quizá llegasen a desear la abolición del tráfico o de la esclavitud, pero su inherente concepción del mundo y de sí mismos no les permitía que existiera un intelectual negro.

Con excepción del corto período histórico concedido a Manzano —durante la unión temporal del abolicionismo militante británico con el capitalismo independentista sacarócrata, que luego renunció a sus intenciones autónomas y escogió permanecer colonia española hasta el último momento posible—, jamás hubo espacio para que Manzano hablara, escribiera o, de hecho, existiera, sea como artista o como intelectual.

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Domingo del Monte, el hombre que libertó Manzano

Domingo Miguel del Monte y Aponte (1804-1853), “el más real y útil de los cubanos de su tiempo,” en las palabras del héroe nacional José Martí, poco escribió, pero en sus tertulias literarias, realizadas regularmente entre 1834 a 1843, fue gestada, discutida, leída, comentada editada y corregida la naciente literatura nacional cubana.

Mismo siendo miembro de uno de los más poderosos grupos esclavistas del mundo, con más de cuarenta ingenios de azúcar y quince mil esclavizados en Cuba, del Monte se empeñó en la delicada tarea de contestar la esclavitud sin requerir su abolición, en una especie de delicado e inestable “antiesclavismo esclavista”.

Del grupo delmontino, salieron varias narrativas cubanas sobre la esclavitud, incluso la autobiografía de Manzano, escrita a instancia de del Monte y enviada, con otros textos abolicionistas, para ser publicada en Londres.

Parte de la sacarocracia cubana, o sea su élite productora de azúcar, reformista y no abolicionista, al darse cuenta de que el sistema de trabajo era incompatible con la escala industrial-capitalista de producción en los ingenios de azúcar, quería librarse de la esclavitud y del tráfico de negros, pero sin libertar a las personas esclavizadas.

En 1844, la represión a la pretensa Conspiración de la Escalera – que pudo o no haber sido real – dio al gobierno metropolitano español la justificativa ideal para reaccionar con violencia al protonacionalismo cubano.

Cuidadoso, del Monte se autoexiló en Europa, de donde escribió una carta abierta al periódico francés Le Globe garantizando no estar envuelto en esa conspiración supuestamente liderada por personas negras libres o esclavizadas, y despojándose de varias máscaras. Entre otras cosas, admitió desear no solamente el fin del comercio de esclavizados pero también el deseo de limpiar Cuba de la presencia de la infeliz y subdesarrollada raza africana, que amenazaba la existencia social y política de la colonia, pues era la única manera de Cuba llegar a ser el más brillante símbolo de la civilización caucasiana en el mundo hispano. Y agregó que necesitaría ser “loco delirante” para apoyar “un amalgama social” de razas nada más que para lograr la independencia, esa monstruosidad.

Palabras de “el más real y útil de los cubanos de su tiempo”,

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Cartas de Manzano a Del Monte

En 25 de junio de 1835:

“Ase tres o cuatro meses me pidio la historia, no puedo menos de manifestarle qe. reciví la de 22 me puse a recorrer el espacio qe. llena la carrera de mi vida, y cuando pude, me puse a escribir crellendo qe. bastaria un real de papel, pero teniendo escrito algo mas aun que saltando a veces por cuatro, u aun pr. sinco años, no he llegado todavia a 1820, pero espero concluir pronto siñendome unicamente a los susesos mas interesantes. … Me abochorna el contarlo, y no se como demostrar los hechos dejando la parte mas terrible en el tintero, y ojala tuviera otros hechos con que llenar la historia de mi vida. … Acuerdese smd. cuando lea que yo soy esclavo y que el esclavo es un ser muerto ante su señor, y no pierda en su apresio lo que he ganado: consideradme un martir y allareis que los infinitos azotes que ha mutilado mis carnes no formadas, jamas embiliseran a vuestro siervo”.

En 29 de septiembre de 1835:

“Me he preparado a aseros una parte de la istoria de mi vida, reservando los mas interesante sucesos de ella para si algún día me alle sentado en un rincón de mi patria, tranquilo, asegurada mi suerte y susistensia, escribir una nobela propiamente cubana: combiene por ahora no dar a este asunto toda la estension marabillosas de los diversos lanses y exenas, porque se necesitaria un tomo, pero a pesar de esto no le faltará a sum material bastante mañana empesaré a urtar a la noche algunas oras para el efecto”.

¿Cuáles serían los tales sucesos más interesantes que Manzano no cuenta? Sus anhelos literarios son más radicales de lo que parecen: en este momento histórico aún no se había escrito ninguna novela en Cuba. Manzano jamas escribió su “nobela propiamente cubana” pero su autobiografía seguramente es uno de los textos fundacionales de la literatura de Cuba.

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Richard Madden, el hombre que publicó Manzano

El médico irlandés Richard Robert Madden (1798-1886) pasó cuatro años en Cuba como Superintendente de los Emancipados y Árbitro Interino de la Comisión Mixta Británico-Española. O sea, era uno de los responsables por vigilar si España realmente cumplía los tratados antitráfico impuestos por Inglaterra.

Inflexiblemente abolicionista, Madden fue uno de los catalizadores del boom de la literatura antiesclavista producida por los miembros del círculo delmontino. En 1840, publicó en Londres un volumen llamado Poemas de un Esclavo en la Isla de Cuba, Recién Libertado, que incluía, además de la autobiografía de Manzano, traducida por él y titulada Vida del poeta negro, otros poemas y textos.

En uno de ellos — “Condiciones de los esclavos en Cuba”—, Madden cuenta que, durante su primer año, no vio ni oyó hablar de ninguna atrocidad contra personas esclavizadas. Por el contrario, fácilmente se percató que miraba con los ojos de la clase propietaria, pensando como pensaban, creyendo en aquella “customary after-dinner doze of the felicity of slaves”.

Fue solo cuando visitó los ingenios por su propia cuenta, de sorpresa y sin ser esperado, recibido o guiado, que pudo finalmente atestiguar las terribles atrocidades y maldades trascendentes del sistema esclavo.

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El fracaso de la literatura antiesclavista cubana

Los literatos del grupo delmontino creían que la esclavitud corrompía la sociedad e impedía el progreso de Cuba, pero al mismo tiempo no podían apoyar una abolición —o peor, una rebelión— que perjudicase los intereses económicos de sus familias y de su clase social, que transformase a las personas esclavizadas en ciudadanas.

Ellos deseaban llenar la literatura con los sufrimientos de los esclavizados, les gustaría que el tráfico terminase, preferían que el látigo del mayoral no flagelase las carnes negras; pero nunca consideraron abdicar a las riquezas producidas por las personas esclavizadas, nunca propusieron hacerlas ciudadanas con el mismo nivel de igualdad, nunca tuvieron la capacidad de verlas como humanas.

Como decía Del Monte, la esclavitud es el “chancro que nos corroe”: el problema no era que las personas negras eran explotadas y esclavizadas, y sí el efecto negativo que tendría eso para “los blancos”.

La paradoja del antiesclavismo literario cubano fue desear un sujeto blanco pero necesitar del lenguaje del negro para la articulación del discurso literario nacional.

Al final, sus esfuerzos fracasaron, pues su motivación no era el amor al prójimo y la alteridad, el bienestar de las personas esclavizadas y su incorporación a la sociedad, sino solamente el temor de un nuevo Haití.

El que ama se acerca, respeta, escucha; el que teme se aleja.

Estos escritores produjeron numerosos relatos sobre la esclavitud —casi todos según el modelo de la autobiografía de Manzano—, pero nunca se acercaron lo suficiente a sus personajes esclavos para oír lo que tenían por decir: sus esclavizados de ficción no tenían voz y necesitaban de la élite blanca para defender su intereses.

Los intelectuales de la sacarocracia eran, a un tiempo, propietarios de los medios de producción de la colonia y también los colonos sin derecho a su propia voz: oprimen y son oprimidos.

Al escribir sobre la opresión de los esclavizados —de hecho, casi siempre cometida por ellos mismos—, en realidad hablaban de la opresión que sufrían a manos de la metrópoli.

Pagaban por el delito de tener esclavos con el castigo de ser esclavos de España, según Del Monte.

Su literatura antiesclavista no se acercó a los esclavos porque no los necesitaba: no eran gente, eran metáfora.

Y, por último, cuando llegó el momento crucial en que el abolicionismo inglés incitaba a la masa esclavizada, y el chasquido de un nuevo motín parecía cada vez más cercano y posible, los compradores de libertades literarias se asustaron y prefirieron el yugo de la metrópoli española a los riesgos de la libertad.

En las palabras de un diputado liberal progresista:

“toda novedad política que allí se haga es un paso hacia la independencia, y todo paso que se dé hacia la independencia es un paso de exterminio y de ruina de los capitales y de las personas […] La Isla de Cuba digo que si no es española es negra, necesariamente negra”.

O, como dijo un sacarócrata:

“la patria es la propiedad y no espere revolución en Cuba mientras se pueda hacer azúcar”.

El pueblo cubano pagó un alto precio por esa decisión: la mayoría de las colonias españolas llegaron a su independencia en la década de 1810 y no se vertió tanta sangre como en Cuba.

Desde 1868, cuando la élite cubana se decidió finalmente por la independencia, tuvo que hacer frente a los recursos concentrados de una España desesperada por no perder la que era prácticamente su última colonia.

Incapaz de triunfar aun sobre esa potencia decadente, Cuba fue tomada sin esfuerzo por los Estados Unidos en 1898 y convertida en la primera neocolonia del nuevo imperialismo norteamericano del siglo XX.

Para entender el entusiasmo popular por la Revolución Cubana de 1959, se necesita entender los doscientos años de historia que ella se propone a corregir.

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La paradoja de la élite negra libre cubana

Los ejercicios o entrenamientos militares de los batallones de pardos y morenos leales eran realizados semanalmente, en general los domingos por la mañana, en locales públicos, atrayendo pequeñas multitudes de observadores.

Esos batallones formaban el centro de una pequeña “aristocracia” de hombres negros libres y prósperos, que adquirían así enorme prestigio y poder. Pero eran también constantemente empleados para escoltar desembarcos de esclavizados, cazar fugitivos o atacar palenques.

Para merecer y conservar su estatus privilegiado en la sociedad colonial blanca, los morenos y pardos leales tenían que reprimir y suprimir los deseos, acciones y libertades de otras personas afrocubanas que no compartían los mismos derechos que ellos.

Sin embargo, hasta ese pequeño enclave de privilegio negro acabó tornándose insoportable.

En 1844 la represión a la Conspiración de la Escalera destruyó a esa nueva clase social: además de matar y exiliar a muchos de sus principales líderes, una de sus primeras medidas burocráticas fue prohibir los batallones.

Independientemente de la lucha entre esclavistas y abolicionistas, la sacarocracia blanca cubana y peninsular no se imaginaba conviviendo con una clase de personas mulatas y negras libres en ascensión.

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La verdadera causa de las rebeliones esclavas

Después de la Revolución haitiana, uno de los mayores intelectuales de la sacarocracia cubana se burló de los franceses: habían enseñado a sus esclavos la Revolución francesa y así construido su propia ruina.

En realidad, como dice uno de los personajes de Alejo Carpentier en El siglo de las Luces, la Revolución francesa no causó las revoluciones esclavas, no más les dio un sentido político y “legalizó” la gran fuga que ya estaba en movimiento desde el siglo XVI.

La verdadera causa de las rebeliones esclavas fue solamente una: la propia esclavitud.

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El espejo no es pasivo

Para los literatos del círculo delmontino, la capacidad mimética de Manzano era a un tiempo lisonjera y asustadora. Por un lado, ser imitados por alguien tan talentoso era la comprobación de su poder. Por otro, el furor antropofágico de Manzano, que todo repite, todo recita, produce en los amos una ansiedad insoportable, una terrible sospecha de que el espejo al final no sea tan pasivo como al principio se suponía.

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La poesía de Manzano

A lo largo de su vida, aun cuando era esclavo, Manzano publicó varias colecciones de versos y poemas sueltos en los principales diarios y revistas literarias de su época.

Hoy, sin embargo, su producción poética nos llama menos la atención por su calidad que por su estilo neoclásico calculadamente correcto y convencional.

No es que eso sea un problema: sus poemas son originales precisamente por ser tan imitativos, producto de su genio para imitar, de su extraordinario y transgresor talento mimético para deliberadamente adueñarse de los códigos de las personas blancas y vencerlos en su propio juego: dominó el idioma del neoclasicismo poético tan bien que sus poesías se convirtieron prácticamente en parodias de ese estilo.

Pero si Manzano se encaja sin esfuerzos en el yo lírico de la poesía neoclásica, manejando en su cabeza los varios genios poetas que habían en él para usarlos como ejemplo, la escritura de la autobiografía no salió de un modelo. No había persona autobiográfica para imitar, ningún otro hombre negro esclavo para emular.

Él estaba solo.

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Cuerpo versus palabra

Manzano evitaba “rozarse” con otras personas negras; tanto insistía en bañarse que aun fue castigado por ello; y se hizo muy fluente en los códigos de vestuario de su época. Desde muy temprano parecía intuir la función individualizadora de la ropa para cubrir y controlar su cuerpo, cuerpo ese que era objeto del poder de las personas propietarias.

Más tarde, al reconocer que la escritura proporcionaba al individuo la capacidad de trascender su propio cuerpo dolorido, esclavizado y explotado, Manzano finalmente obtuvo su libertad.

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La buena suerte de Manzano

La mención al abuelo —y más aún, a la pequeña herencia dejada por el abuelo, administrada por el padre y distribuida a los nietos— puede parecer natural y hasta pasar desapercibida al lector del siglo XXI. Crecer junto a la familia, o saber cuál es su familia, era uno de los principales privilegios de las personas libres sobre las esclavizadas. Pocos eran los esclavizados criados por sus padres, y menos los que conocían a sus abuelos.

Dentro del sistema esclavista industrial azucarero, un joven esclavizado que vivía en un ambiente doméstico y urbano, con acceso a padrinos y a la protección del Estado, tomando clases con los señoritos y señoritas, yendo al teatro y a tertulias, era privilegiado. El hecho de que hoy podamos leer su autobiografía es testimonio de sus enormes privilegios. Cualquier otra persona esclavizada cubana contaría acontecimientos que harían la vida de Manzano parecer un paraíso.

Quizá sea este el aspecto más aterrorizante del texto: es la historia de un esclavizado afortunado.

Si la vida de los esclavizados privilegiados era así, ¿cómo sería la vida de los otros cuya voz jamás ha llegado a nuestros oídos?

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Las enfermerías de los ingenios

Las enfermerías del ingenio eran como verdaderos “sepulcros visibles de momias”. Las personas esclavizadas eran excusadas del trabajo solo en casos extremos, cuando eran visiblemente incapaces de trabajar, y siempre por el menor tiempo posible.

En los registros de enfermerías de ingenios cubanos aparecen diagnósticos como: “Teresa, vómitos y diarreas; Cristina, evacuando sangre; Germán, dolores de estómago”; y hasta un simple pero asustador “cansado”. ¿Cuánto debería estar cansada una persona esclavizada para que su propietario aceptase perder su trabajo por un día?

Muchos eran rehusados por sospecha de fingimiento. Uno de los diarios de enfermería afirmaba, el 30 de enero de 1842: “Nicolás, nada”. Pocos días después, en el mismo diario, otra anotación, ahora en las columnas inferiores, decía: “Nicolás, murió”.

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La mortalidad en los ingenios

Entre 1835 y 1841, época en que Manzano escribió la autobiografía, la tasa bruta de mortalidad en los ingenios de azúcar era de 63 por mil.

En una población joven y bien alimentada, preseleccionada por sus atributos físicos, y libre de enfermedades congénitas, moría anualmente el 5% de los trabajadores en plena actividad.

(Para fines de comparación, en el Brasil de 2005, la tasa de mortalidad fue de 6 por mil, diez veces menor, e incluyendo personas ancianas y enfermas.)

Un dicho popular de la época era:

“El azúcar se hace con sangre”.

Otro dicho popular entre los esclavizados es buena evidencia de la prioridad diaria de esas personas:

“El problema aquí es no morirse”.

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Soltar los perros

Soltar los perros para perseguir a una persona esclavizada en fuga era una práctica relativamente común. Algunas veces, resultaba en muerte.

En 1855, en Matanzas, un hombre esclavizado se quejó contra un mayoral. Durante la captura de un amigo esclavizado en fuga, el mayoral fue acusado de herirlo con su machete y soltarle los perros encima, causando su muerte. Varios testigos, todos esclavizados, confirmaron las acusaciones.

El resultado: el acusador fue azotado, arrestado por cuatro meses y después vendido; el mayoral nada sufrió.

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El cabello de las personas esclavizadas

En el mundo entero, la cabeza rapada era asociada a la muerte y a la esclavitud.

Por consiguiente, rapar el cabello de una persona esclavizada simbolizaría su “muerte social” y “condición permanente de liminaridad”. La esclavitud negra en América, sin embargo, fue la excepción a esa regla, lo que manifiesta el poder simbólico del cabello.

Al cabo, en un continente donde los tonos de piel eran tan variados y mezclados, los esclavizados ya traían bien visible en los cabellos la marca de su negritud. Raparlos ofuscaría la distinción.

Aun así, en el caso de Manzano, raparle la cabeza fue usado como un castigo especialmente humillante.

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Un testimonio sobre el dor y sobre la tortura

La tortura es la gran silenciadora: ella borra la capacidad de expresión, el concepto del “yo” y del mundo que nos rodea. Nuestra consciencia se disuelve y se desarticula en la intensidad del dolor.

Por eso, toda forma de poder se basa en su distancia del cuerpo: el cuerpo es definitivamente el lugar del dolor y de la fragilidad, el talón de Aquiles que permite la tortura. El poder, por su lado, no tiene cuerpo, solamente discurso.

El género literario del testimonio es el contraataque: permite inundar los regímenes torturadores en un diluvio de voces, voces que hablan en nombre de las personas silenciadas.

Si el grito de dolor reduce la víctima al estado prelingüístico, el testimonio es el espacio donde la víctima reconstruye su mundo, rearticula su voz.

La legitimidad del testimonio está en llevar la palabra de vuelta al cuerpo de la víctima, en devolver la voz a la persona silenciada por el terror.

En este aspecto, la autobiografía de Manzano es un testimonio sobre el dolor y sobre la tortura.

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Testimonio versus autobiografía

El texto de Manzano existe en un variable equilibrio entre la autobiografía —género que destaca la singularidad de la experiencia individual— y el testimonio, en que la experiencia individual funciona como reflejo del estado colectivo.

El abolicionista Richard R. Madden, al publicar la autobiografía en Inglaterra, prácticamente reescribió la narrativa, eliminando detalles individuales y transformándola en aquello que era, en su opinión, “el más perfecto retrato de la esclavitud en Cuba”.

Manzano, por otro lado, parece conscientemente huir de eso: nunca se define como “uno de los negros”, o “uno de los esclavos”, por el contrario, hace lo que puede para alejarse de ellos.

Aun más, al enfatizar en el poder de la poesía, Manzano continuamente singulariza su propia experiencia. Para sí mismo, él es un poeta y no un esclavo.

No deja de ser una cruel ironía, por tanto, de que la mayoría de las personas lectoras a través de los siglos (¿quizá Ud.?) buscaba primero al esclavo y no al individuo.

En la ausencia de un norte abolicionista para promover el testimonio de las personas esclavizadas fugitivas del sur esclavista, como en los Estados Unidos del siglo XIX, la autobiografía de Manzano no tenía una tradición literaria latinoamericana donde integrarse, y solamente comenzó a ser examinada, releída, republicada y reestudiada a partir de la década de 1970, cuando el testimonio se convirtió un género literario viable.

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Pedir papel

Pedir papel era uno de los principales derechos adquiridos por las personas esclavizadas: ir hasta el síndico —funcionario municipal encargado de defender los intereses de las personas esclavizadas, generalmente un hacendero esclavista— y forzar su venta casi siempre por el precio coartado.

En caso de que la persona esclavizada no alegase malos tratos, había siempre una crítica implícita a sus actuales personas propietarias, que sufrían la triple humillación de ser criticadas en público por su persona esclavizada, perderla por la fuerza y sufrir la interferencia estatal en asuntos privados.

La ley reservaba a la persona esclavizada solamente cuatro derechos, no siempre respetados: casar libremente; buscar nuevos propietarios; ahorrar economías y juntar patrimonio; y comprar su propia libertad.

Naturalmente, las personas esclavizadas en ambientes domésticos y urbanos, como Manzano, poseían más informaciones y más acceso al Estado que aquellas que trabajaban en el campo.

En su edición inglesa de los textos de Manzano, el abolicionista Richard R. Madden incluyó un apéndice sobre las condiciones de las personas esclavizadas en Cuba, donde habló sobre “pedir papel” y coartación, y terminó citando a George Canning, estadista inglés que luchó incansablemente por la abolición del comercio negrero:

“cualquier ley que busque mejorar parcialmente la condición de los esclavos será siempre defectuosa, pues las personas encargadas de su implementación tienen intereses en derrotarlas”.

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Censura sobre la esclavitud

Escrita alrededor de 1836, la autobiografía de Manzano no sería publicada en Cuba hasta un siglo después, en 1937.

Otros textos antiesclavistas producidos por los delmontinos tuvieron el mismo destino.

Como dijo uno de los miembros del grupo:

“estamos condenados á callar o, cuando más, á hacer versitos de amor”.

Las leyes coloniales españolas disponían con detalles sobre el tipo de artículo que se permitía publicar en la prensa y prohibían específicamente que se escribiese sobre la esclavitud.

Y no solamente escribir; en Matanzas, en 1868, ya en la víspera de la Guerra de los Diez Años, una orden del gobernador prohibió expresamente que una persona negra cantase por las calles una canción llamada El Esclavo, por “sembrar el descontento, y germinar propósitos desesperados y funestos entre la servidumbre de este país”.

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Los derechos de las personas esclavizadas

La ley garantizaba a la persona esclavizada el derecho de quejarse de sus propietarios por malos tratos.

Sin embargo, la ley también decía que las personas esclavizadas no podrían salir de casa sin permiso de sus propietarios por escrito; que a las personas de color —aunque fueran libres— no les era permitido salir a la calle después de determinada hora en la noche, ni reunirse con otras en público; que los propietarios tenían que avisar a las autoridades siempre que una persona esclavizada huyese; y que no era solamente prohibido dar abrigo a esas personas fugitivas, sino obligatorio aprehenderlas o denunciarlas.

Así que, pensando de forma práctica y concreta, ¿como podrían los esclavizados dar queja de los abusos cometidos por sus propietarios?

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Manzano, símbolo de las contradicciones de la subalternidad

En La Tempestad, de Shakespeare, el blanco europeo Próspero roba las tierras y la libertad del nativo Calibán, al mismo tiempo que le concede un don problemático y complejo: la palabra. Dice Calibán:

“Me enseñaste el lenguaje, y de ello obtengo / El saber maldecir. ¡La roja plaga / Caiga en ti, por habérmelo enseñado!”.

Manzano también recibió un idioma que no era el suyo, para que pudiese servir mejor a las personas propietarias. Y como el subalterno no es necesariamente pasivo, Calibán y Manzano contraatacan, cada uno a su manera.

Calibán reafirma su naturaleza animalesca y sus bajos instintos —otro nombre para “instintos no europeos”— e intenta violar a la hija de Próspero.

Manzano, siempre manteniéndose cuidadosamente en la esfera cultural blanca, consiguió perpetrar una violación mayor: con su memoria, su talento y sus palabras, logra —literalmente— robar, bajo gran riesgo personal, la palabra escrita para sí; la toma, la doma y la utiliza para obtener su libertad.

El acto de Manzano fue aun más revolucionario que el de Calibán: en vez de actuar como una fiera y confirmar los prejuicios de blancos, Manzano los derrotó en su propio juego, siguiendo sus propias reglas.

El gran dilema es que la hazaña de Manzano se efectuó dentro de los límites de la prisión que le ofreció su Próspero —Del Monte—: la cultura blanca. Para salir victorioso en la sociedad blanca, Manzano debió convertirse parcialmente en blanco y alejarse de su propia condición negra y subalterna.

No más Calibán, y tampoco jamás Próspero, autor consagrado pero aún negro en una sociedad esclavista, Manzano al mismo tiempo es y no es: símbolo vivo de las contradicciones de la subalternidad.

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La ambición de las personas esclavizadas

Manzano subraya siempre su familiaridad pasada y presente con algunas de las grandes figuras locales —“aquélla que vio niña, esta hoy es monja”—, solo para afirmar, casi patéticamente, que hoy ya no saben quién es él.

Esa era quizá la paradoja de Manzano: no había espacio en aquella sociedad para un intelectual afrocubano.

En 1841, la condesa de Merlin, cubana de la alta élite que vivía en Europa y hacía apología de la esclavitud a distancia, escribió:

“Supongamos que por un milagro la educación moral de los esclavos emancipados, desenvolviéndose de repente, los trajese á amar el trabajo; si se volvieran laboriosos los negros, no tardarían en verse atormentados por el deseo de llegar á ser propietarios: de aquí rivalidad, ambición, envidia contra los blancos y sus prerogativas.

Bajo un réjimen político constitucional, en un país gobernado por leyes equitativas, ¿no reclamarían el participar de las mismas instituciones?

¿Les concederéis todos vuestros derechos, y todos vuestros privilejios? ¿Haréis de ellos vuestros jueces, vuestros jenerales y vuestros ministros? ¿Les daréis vuestras hijas en matrimonio? No es esto lo que queremos, esclamarán los amigos de los negros: que sean libres; pero que se limiten á trabajar la tierra, y á conducir la caña como bestias de carga.

No consentirán: si hoy se emplean en este trabajo y se consideran felices en su estado imperfecto de hombres salvajes, el día en que luzca para ellos la luz de la intelijencia conocerán que son hombres como vosotros, y el campo de batalla quedará por el más fuerte.

Reflexionad que no habrá cuartel entre dos razas incompatibles desde que se dé a la señal de combate”.

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Manzano e la Revolución Cubana

Uno de los libros cubanos más traducidos en todo el mundo se llama Biografía de un Cimarrón y es el testimonio de Esteban Montejo, que huyó del cautiverio y vivió aislado en la floresta hasta la abolición de la esclavitud.

Los relatos de Montejo y de Manzano son los únicos de personas esclavizadas de Latinoamérica que llegaron a nosotros.

La diferencia entre los dos es que Manzano escribió su relato él mismo, en 1835, cuando aún era esclavo. Montejo dio su testimonio al antropólogo Miguel Barnet en 1963, a los 103 años de edad.

A pesar de su acto radical de rebeldía y fuga, la Revolución Cubana jamas se apropió de Manzano.

El esfuerzo revisionista oficial de encontrar (o crear) una tradición revolucionaria que sirviese como hilo conductor de la historia y de la literatura nacional, desde el siglo XIX hasta el triunfo de la revolución, no incluyó Manzano.

El esclavo seleccionado para simbolizar las virtudes revolucionarias fue Esteban Montejo.

El conflicto más importante en Biografía de un Cimarrón ocurre entre la personalidad misantropa e individualista de Montejo, el deseo de aislarse y no ayudar a aquellos que no consiguen luchar por si mismos, y las tentativas desastradas y transparentes de Barnet para presentarlo como uno de los primeros defensores del pueblo.

Pero funcionó: en las librerías cubanas, se encuentran hoy muchos ejemplares de la Biografía de un Cimarrón y ninguna copia de la autobiografía de Manzano – editada en Cuba por primera vez en 1937, y por última en 1972. En las historias literarias, es apenas mentado.

Manzano, a pesar de manso en la justa medida para los delmontinos, era demasiado manso para los revolucionarios de 1959 – a pesar de haber sido tan cimarrón cuanto Montejo.

Con una gran e importante diferencia: Montejo renegó a toda la sociedad blanca colonial e se aisló completamente en la floresta, volviendo a la convivencia humana durante la Guerra de la Independencia. Manzano, en contraste, siquiera sabia ensillar un caballo, dedicando todos sus esfuerzos a tener éxito en la sociedad blanca urbana.

No sorprende que pareciese demasiado conservador para los intereses políticos e ideológicos de la Revolución Cubana.

En 2015, Ediciones Matanzas publicará la primera edición cubana de la autobiografía de Manzano en más de cuarenta años, con posfácio del historiador matancero Urbano Martinez Carmenate y notas y prefacio de Alex Castro.

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La correción de la autobiografía de Manzano

Anselmo Suárez y Romero, miembro de las tertulias de Domingo Del Monte, representa las paradojas indisolubles de la antiesclavitud: al mismo tiempo en que era un dueño venido a menos de un ingenio mediocre, ganándose la vida explotando el trabajo de las personas esclavizadas, también escribía textos narrativos conmovedores, con gran empatía y observaciones detalladas sobre la vida de esas personas. Su crónica “El cementerio del ingenio” es una joya.

Fue el primero entre tantos hombres blancos en editar la autobiografía.

El 20 de agosto de 1839, envió a Del Monte la autobiografía copiada y corregida —el manuscrito no autógrafo que hoy se encuentra en la Biblioteca Nacional José Martí— con los siguientes comentarios:

“En la ortografía y prosodia es donde mas he tenido qe. enmendar […] al estilo he variado muy poco el orijinal á fin de dejarle la melancolía con que fue escrito, y la sencillez, naturalidad y aun desaliño que le dan para mí mucho mérito alejando toda sospecha de que los sucesos referidos sean mentira y mentira que un pobre chino nos los contase para nuestra vergüenza. La vida de Manzano fué una cadena de infortunios: y preciso era que al escribirlos lo hiciese tristemente quien ya atesoraba el inestimable don de la poesía, que por lo regular nace en medio de las miserias.

Encontrará V frases sobrado castizas; pero yo no tengo la culpa de eso, si el orijinal las tiene: otras anticuadas, y en muchos pasajes una soltura, una fluidez que encanta. Por donde quiere hallará V ternura y buenos sentimientos en el chino, que siendo causa de varios lances lastimosos, lo hacen á uno derramar lágrimas sin querer.

Mi corazon, que tanto se hermana con las desgracias de esta clase de criaturas que por haber nacido esclavos se levantan llorando, comen llorando y duermen y hasta sueñan quizá llorando, puede V considerar cuanto no se habrá dolorido al copiar la historia de Manzano.

Y á otros muchos que por acá la han leido les ha sucedido lo mismo ¡este es un triunfo, señor! esto merece una fiesta mas que la coronacion de los reyes! —Ya se ve! esa historia fue escrita sin pretensiones de lucir, sin esclamaciones que picaran el amor propio de los blancos, en toda ella no se ve mas que la pura y limpia verdad.

¡Qué escenas tan domésticas, tan propias de nuestra vida privada! cómo corrije Manzano solo con la fuerza de los hechos la tirania de los amos! —Lástima, Sor del Monte, que esta Autobibiografia no se publique; pero dónde y cómo…?

La primera parte es la que va copiada: la segunda dice V que la botó Palma, [Ramón de Palma, también miembro de la tertulia delmontina, encargado de copiar y corregir la segunda parte] á quien de mi parte déle V las mas rendidas gracias por tan eminente y señalado servicio á la causa mas noble del mundo y á nuestra escasa literatura.

—Para enmendar el esquisito cuidado de Palma, no pudiera V pedirle á Manzano que escribiera de nuevo la segunda parte de su historia? —Yo me comprometo á copiarla —el caso es completar los diamantes de tan rica joya”.

La historia completa del texto de Manzano —su encargo, escritura, corrección, edición, reorganización, traducción, publicación extranjera, olvido, su omisión por los historiadores literarios, y más tarde su celebración como testimonio de la condición afrocubana— se constituyen en una verdadera taxidermia del cuerpo esclavo.

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El silencio de Manzano

Una teoría más siniestra especula que la segunda parte era tan cruda que fue censurada, sea por los literatos delmontinos o por alguna de las personas propietarias de Manzano.

En el prefacio de la edición inglesa, Madden alimentó esa hipótesis:

“La segunda parte llegó a manos de personas conectadas a su antiguo señor, y creo no ser probable que sean devueltas a la persona a quien soy grato por [proporcionarme] la primera parte del manuscrito”.

La nota inicial asegura que Manzano “perdió sus dotes de poeta” pero no tiene sentido rotular su silencio de forma tan despreciativa.

Por el contrario, fue un silencio digno, adulto, estratégico.

Un silencio aun más temible que cualquier nuevo horror que él nos podría haber contado en la segunda parte, que probablemente hubiera traído más horrores a la extensa lista.

En verdad, su silencio, intencional y construido, es de hecho la segunda parte de la autobiografía.

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Manzano después de la autobiografía

En los años siguientes, Manzano trabajó de confitero, cocinero y sastre. Se casó, enviudó, se casó de nuevo, y tuvo varios hijos. Su último casamiento, a los treinta y ocho años y aún esclavizado, con una parda libre de apenas diecinueve años, causó oposición por parte de la familia de la novia, pero duró casi veinte años, hasta su muerte, y fue aparentemente feliz.

En 1840, en el mismo año en que se hizo un autor publicado en Inglaterra, ganó 250 pesos en la lotería, y se quedó sin trabajar por algún tiempo.

En 1844, durante la represión a la Conspiración de la Escalera, pasó más de un año encarcelado y tuvo la suerte de escapar con vida. Después de absuelto, no publicó más.

Murió en 1853, a los cincuenta y seis años de edad, el mismo año en el que murieron quizá dos figuras claves de su vida: la marquesa de Prado Ameno, a quien tanto amó y que tanto lo torturó; y Domingo Del Monte, quien lo libertó y le encargó la autobiografía.

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  • Juan Francisco Manzano, poeta en la isla de Cuba, fue la única persona esclavizada latinoamericana a escribir una autobiografía sobre su experiencia en el cautiverio.

    A autobiografia do poeta-escravo, de Juan Francisco Manzano

    A autobiografia do poeta-escravo, de Juan Francisco Manzano. Edição, tradução, introdução e notas de Alex Castro. (São Paulo: Editora Hedra, 2015.)

    Autobiografía, de Juan Francisco Manzano

    Autobiografía, de Juan Francisco Manzano. Edición, introducción y notas de Alex Castro. (Matanzas: Ediciones Matanzas, 2015.)